Confesiones de una Máscara (Yukio Mishima)

10 de septiembre de 2012




  “Confesiones de una máscara” (仮面の告白 -Kamen no kokuhaku), publicada en 1949, es una de las más impactantes novelas del escritor japonés Yukio Mishima. Esta obra le catapultó a la fama con tan solo veinticinco años y le permitió dedicarse por completo a la labor literaria. Mishima narra con tintes autobiográficos su arduo enclave en la sociedad con la carga de su homosexualidad, su tendencia al sadismo y su devoción por la idea del suicidio. Más allá de la simple confesión de una sexualidad intensa e irrefrenable, la narración se torna, por momentos, en una angustiosa negación de sí mismo. El relato, inserto en el segundo cuarto del siglo XX, abarca desde el mismo momento del nacimiento de su protagonista, Koo-chan, hasta el instante en el que finalmente éste percibe que jamás podrá desprenderse de su máscara, que su vida siempre consistirá en un forzado disimulo.
 “Todos dicen que la vida es un escenario. Pero la mayoría de las personas no llegan, al parecer, a obsesionarse por esta idea, o al menos no tan pronto como yo. Al finalizar mi infancia estaba firmemente convencido que así era, y que debía interpretar mi papel en ese escenario sin revelar jamás mi auténtica manera de ser. (…) Creía con optimismo que tan pronto como la interpretación hubiera terminado bajaría el telón y el público jamás vería al actor sin maquillaje. Mi presunción de que moriría joven era otro factor que colaboraba a mantener esa creencia. Sin embargo, con el paso del tiempo, ese optimismo, o, mejor dicho, ese sueño en vigilia, concluiría en una cruel desilusión”.

SINOPSIS: La abuela de Koo-chan, que se encarga de su educación desde la infancia, le aísla de sus padres y hermanos y le condena a un ostracismo al servicio de la constante amenaza de la muerte del chico; una fúnebre idea que desde sus albores gravita sobre la débil existencia del protagonista. El niño incluso duerme en la habitación de la anciana "siempre cerrada y con el aire impregnado de los olores de la enfermedad y de la vejez". Este ambiente sobreprotector hace de caldo de cultivo para infecciones varias, fiebres incontenibles y debilidades aletargantes. No obstante, Koo-chan no teme a la muerte, sino que la anhela y la aguarda con impaciencia. Y si acaso algo le perturba de las visitas del médico es que éste pueda llegar a descubrir el secreto que esconde tras su máscara.
“…el libro hacía constar otra causa de la anemia, que el médico no leyó en voz alta. Se la saltó y, murmurando el resto del párrafo, cerró el libro. Pero yo había leído las palabras que el médico había omitido. Se trataba de “masturbación”. Sentí que la vergüenza aceleraba los latidos de mi corazón. El médico había descubierto mi secreto.”

Queda patente que Koo-chan, alter ego de Mishima en la novela, es una criatura enfermiza, un muchacho enclenque cuya supervivencia a una infancia plagada de enfermedades fue milagrosa, un hombre débil que en todo se aleja del prototipo masculino predominante. Esa misma debilidad se aprecia tras la máscara de su manifiesto sadismo. En este sentido, en sus fantasías causar daño físico a otro hombre le excita porque solo así puede acceder a una porción de poder dentro de la sociedad. La imagen por excelencia de su atracción por la sangre es la de "El martirio de San Sebastián" de Guido Reni con el que Koo-chan da rienda suelta a su imaginación.



Pronto el joven Koo-chan se hace consciente de que sus fantasías, nacidas de una soledad abrumadora, difieren de las de cualquier otro chico de su edad. Por eso también se oculta de sí mismo a través de la máscara de una aparente normalidad, mientras su auténtico "yo" queda latente. No obstante, desde la más tierna infancia sus instintos naturales le resultan tan incomprensibles como irreprimibles.
“Hacía ya un año que sufría la infantil angustia de poseer un curioso juguete. Yo tenía doce años. Ese juguete aumentaba de volumen a la menor oportunidad y parecía insinuar que, debidamente utilizado, podía ser fuente de delicias. Pero en ningún lugar tenía yo instrucciones escritas acerca de cómo utilizarlo, y por eso, cuando el juguete tomaba la iniciativa en sus deseos de jugar conmigo, quedaba yo inevitablemente desconcertado.”

La segunda guerra mundial en el contexto de la novela no es más que el escenario en el que se despliega el espectáculo profundamente interior de la vida de Mishima. También él se debate en una lucha consigo mismo, una batalla sin fin contra unos deseos que la cultura de su lugar y su momento transforma en perversiones. El precio de esta supuesta desviación es la soledad del que finge una eterna mascarada para los demás y para sí mismo.
“En mi vida he visto fábrica tan extraña. En ella, todas las técnicas de la ciencia y de la dirección de empresas, aunadas al pensamiento de excelsos cerebros exactos y racionales, estaban consagradas a una sola finalidad: la Muerte.”
“Me di cuenta de que había tenido secretas esperanzas de que el ejército me concediera al fin una oportunidad de satisfacer mis extraños deseos sensuales. Y supe que, lejos de desear la muerte, lo único que pudo ser causa de que ansiara ingresar en el ejército era la firme convicción, nacida de una primitiva fe en el arte de la magia, común a todos los hombres, de que yo era el único ser que jamás moriría…”


Sonoko, la joven de cuya belleza se enamora (aunque en un sentido puramente platónico) constituye la última esperanza de Koo-chan para acariciar la idea de una vida sin su máscara. Empeña toda su voluntad en que su relación con la joven llegue a curarle de sus “vicios”, que ella le salve de sí mismo, primero en calidad de novia y más tarde en su papel de amiga fiel. Sin embargo, la única razón por la que Sonoko, metáfora de la esperanza, no le juzga es porque jamás ha vislumbrado que existe otro hombre, el auténtico Koo-chan que se oculta detrás de una máscara.
“De repente sentí el dolor que produce mirar algo fijamente durante largo rato. Ese dolor proclamaba: no eres humano. Eres un ser incapaz de tener trato social. No eres más que un ser no-humano y extrañamente patético.”

Algunos detalles de la VIDA DEL AUTOR que están inextricablemente unidos a “Confesiones de una máscara”:

Yukio Mishima nació en 1925 en Tokio bajo el nombre de Kimitake Hiraoka. No tenía ni un mes de vida cuando fue puesto bajo la tutela de su sobreprotectora abuela, Natsuko, quien no le permitía ver la luz del sol ni relacionarse con otros niños. Sus cuidados fueron necesarios ya que Mishima enfermó en la niñez hasta el punto de temerse por su vida, lo que propició que su salud siempre fuese débil. La influencia de Natsuko, con inclinaciones hacia la morbosidad y la violencia, fue decisiva en su vida. Sólo a los doce años pudo abandonar la casa de su abuela para vivir finalmente con sus padres. Allí se encontró con la autoritaria figura paterna que solía castigarle rompiendo sus manuscritos en su presencia.
En la Segunda Guerra Mundial le declararon no apto para el servicio militar por razones médicas, por lo que trabajó  en una fábrica de aviones. En realidad, no padecía la tuberculosis que le fue diagnosticada, pero Mishima, aprovechando que sufría un resfriado hizo pasar sus síntomas por los de la tuberculosis.
En la década de los 50 del pasado siglo, ya convertido en un autor literario de éxito, comenzó a desarrollar su físico mediante la gimnasia, el levantamiento de pesas y el kendo. Por entonces, en 1958, a pesar de las dudas acerca de su sexualidad, Mishima decidió contraer matrimonio para contentar a su madre que padecía un cáncer avanzado (luego se supo que había sido incorrectamente diagnosticada). Del matrimonio nacieron dos hijos, una niña y un niño.

Tras extremar su entrenamiento físico (se alistó a las Fuerzas de autodefensa terrestre) creó su propio ejército privado, Tatenokai (La sociedad del escudo). Con los más leales colaboradores de este grupo decidió compartir su intención de suicidarse en cuanto terminase  su tetralogía “El mar de lafertilidad”. El 25 de noviembre de 1970 envió el manuscrito a su editor y ese mismo día irrumpió con un falso pretexto en los cuarteles centrales de Tokio con cuatro miembros de su ejército. Una vez dentro cerraron las puertas y secuestraron al comandante del campo Ichigaya. Entonces Mishima se dirigió al balcón para hablarle a los soldados que se encontraban abajo (se supone que con la fallida intención de incitarles a un golpe de estado para restaurar los poderes divinos del emperador). Tras su fracaso, y tal y como había planeado durante casi un año, Mishima se suicidó al estilo tradicional japonés (seppuku). Su lugarteniente y presunto amante, Masakatsu Morita debía decapitarle al final de este ritual, pero tras varios intentos fue incapaz de hacerlo, por lo que tuvo que cederle el honor a otro miembro del Tatenokai, Hiroyasu Koga. Tras esto, Masakatsu Morita cometió a su vez seppuku y fue decapitado por Koga.
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