A INTERVALOS

Cuando escribo

«Historia de una hora», Kate Chopin

Sabiendo que la señora Mallard padecía del corazón, se tomaron muchas precauciones antes de darle la noticia de la muerte de su marido.

Fue su hermana Josephine quien se lo dijo, con frases entrecortadas e insinuaciones veladas que lo revelaban y ocultaban a medias. El amigo de su marido, Richards, estaba también allí, cerca de ella. Fue él quien se encontraba en la oficina del periódico cuando recibieron la noticia del accidente ferroviario y el nombre de Brently Mallard encabezaba la lista de «muertos». Tan sólo se había tomado el tiempo necesario para asegurarse, mediante un segundo telegrama, de que era verdad, y se había precipitado a impedir que cualquier otro amigo, menos prudente y considerado, diera la triste noticia.

Ella no escuchó la historia como otras muchas mujeres la han escuchado, con paralizante incapacidad de aceptar su significado. Inmediatamente se echó a llorar con repentino y violento abandono, en brazos de su hermana. Cuando la tormenta de dolor amainó, se retiró a su habitación, sola. No quiso que nadie la siguiera.

Frente a la ventana abierta había un amplio y confortable sillón. Agobiada por el desfallecimiento físico que rondaba su cuerpo y parecía alcanzar su espíritu, se hundió en él.

En la plaza frente a su casa, podía ver las copas de los árboles temblando por la reciente llegada de la primavera. En el aire se percibía el delicioso aliento de la lluvia. Abajo, en la calle, un buhonero gritaba sus quincallas. Le llegaban débilmente las notas de una canción que alguien cantaba a lo lejos, e innumerables gorriones gorjeaban en los aleros.

Retazos de cielo azul asomaban por entre las nubes, que frente a su ventana, en el poniente, se reunían y apilaban unas sobre otras. Se sentó con la cabeza hacia atrás, apoyada en el cojín de la silla, casi inmóvil, excepto cuando un sollozo le subía a la garganta y le sacudía, como el niño que ha llorado al irse a dormir y continúa sollozando en sus sueños.

Era joven, de rostro hermoso y tranquilo, y sus facciones revelaban contención y cierto carácter. Pero sus ojos tenían ahora la expresión opaca, la vista clavada en la lejanía, en uno de aquellos retazos de cielo azul. La mirada no indicaba reflexión, sino más bien ensimismamiento.

Sentía que algo llegaba a ella y lo esperaba con temor. ¿De qué se trataba? No lo sabía, era demasiado sutil y esquivo para nombrarlo. Pero lo sentía surgir furtivamente del cielo y alcanzarla a través de los sonidos, los aromas y el color que impregnaban el aire.

Su pecho subía y bajaba agitadamente. Empezaba a reconocer aquello que se aproximaba para poseerla, y luchaba con voluntad para rechazarlo, tan débilmente como si lo hiciera con sus blancas y estilizadas manos. Cuando se abandonó, sus labios entreabiertos susurraron una palabrita. La murmuró una y otra vez: «¡Libre, libre, libre!». La mirada vacía y la expresión de terror que la había precedido desaparecieron de sus ojos, que permanecían agudos y brillantes. El pulso le latía rápido y el fluir de la sangre templaba y relajaba cada centímetro de su cuerpo.


No se detuvo a pensar si aquella invasión de alegría era monstruosa o no. Una percepción clara y exaltada le permitía descartar la posibilidad como algo trivial. Sabía que lloraría de nuevo al ver las manos cariñosas y frágiles cruzadas en la postura de la muerte; que el rostro que siempre la había mirado con amor estaría inmóvil, gris y muerto. Pero más allá de aquel momento amargo, vio una larga procesión de años por llegar que serían sólo suyos. Y extendió sus brazos abiertos dándoles la bienvenida.

No habría nadie para quien vivir durante los años venideros; ella tendría las riendas de su propia vida. Ninguna voluntad poderosa doblegaría la suya con esa ciega insistencia con que los hombres y mujeres creen tener derecho a imponer su íntima voluntad a un semejante. Que la intención fuera amable o cruel, no hacía que el acto pareciera menos delictivo en aquel breve momento de iluminación en que ella lo consideraba.

Y a pesar de esto, ella le había amado, a veces; otras no. ¡Pero qué importaba! ¡Qué podría el amor, ese misterio sin resolver, significar frente a esta energía que repentinamente reconocía como el impulso más poderoso de su ser! "¡Libre, libre en cuerpo y alma!" continuó susurrando.

Josephine, arrodillada frente a la puerta cerrada, con los labios pegados a la cerradura le imploraba que la dejara pasar. “Louise, abre la puerta, te lo ruego, ábrela, te vas a poner enferma. ¿Qué estás haciendo, Louise? Por lo que más quieras, abre la puerta.”

“Vete. No voy a ponerme enferma”. No; estaba embebida en el mismísimo elixir de la vida que entraba por la ventana abierta.

Su imaginación corría desaforada por aquellos días desplegados ante ella: días de primavera, días de verano y toda clase de días, que serían sólo suyos. Musitó una rápida oración para que la vida fuese larga. ¡Y pensar que tan sólo ayer sentía escalofríos ante la idea de que la vida pudiera durar demasiado!

Por fin se levantó y ante la insistencia de su hermana, abrió la puerta. Tenía los ojos con brillo febril y se conducía inconscientemente como una diosa de la Victoria. Agarró a su hermana por la cintura y juntas descendieron las escaleras. Richards, erguido, las esperaba al final.

Alguien intentaba abrir la puerta con una llave. Brently Mallard entró, un poco sucio del viaje, llevando con aplomo su maletín y el paraguas. Había estado lejos del lugar del accidente y ni siquiera sabía que había habido uno. Permaneció de pie, sorprendido por el penetrante grito de Josephine y el rápido movimiento de Richards para que su esposa no lo viera.

Cuando los médicos llegaron dijeron que ella había muerto del corazón, de la alegría que mata.

El germen de una novela, Paul Auster

Un año después de la ruptura de mi primer matrimonio, me mudé a un apartamento en Brooklyn. Fue a comienzos de 1980 y yo estaba trabajando en El libro de la memoria (...).
Un día, un par de meses después de mudarme, sonó el teléfono y del otro lado de la línea alguien me preguntó si hablaba con la agencia Pinkerton. Le dije que no, que se había equivocado y colgué el auricular.
Seguramente habría olvidado ese incidente, de no ser porque al día siguiente llamó otra persona y me hizo la misma pregunta: «¿Hablo con la agencia Pinkerton?». Otra vez dije que no, le expliqué que se había equivocado de número y colgué.
Pero un instante después comencé a preguntarme qué habría ocurrido si hubiera dicho que sí. ¿Habría podido hacerme pasar por agente de la Pinkerton? Y en caso afirmativo, ¿hasta donde habría podido llevar el engaño? La idea del libro surgió de esas llamadas telefónicas, pero pasó más de un año hasta que empecé a escribirlo.

«El almohadón de plumas», Horacio Quiroga

El almohadón de plumas

Horacio Quiroga

 
Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial.

Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía no poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de su marido. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó muy lento la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni pronunciar una palabra.

Fue ése el último día en que Alicia estuvo levantada. El día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole cama y descanso absolutos.

—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico. Y sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme en seguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatose una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin que se oyera el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, deteniéndose un instante en cada extremo a mirar a su mujer.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche quedó de repente mirando fijamente.

Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

—¡Jordán! ¡Jordán! —exclamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia lanzó un alarido de horror.

—¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola por media hora, temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella sus ojos. Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor, mientras ellos pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio, y siguieron al comedor.

—Pst… —Se encogió de hombros desalentado su médico. —Es un caso serio… Poco hay que hacer.

—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en subdelirio de anemia, agravado de tarde, pero remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas oleadas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aun que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaban ahora en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama, y trepaban dificultosamente por la colcha. Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el sordo retumbo de los eternos pasos de Jordán.

Alicia murió, por fin. La sirvienta, cuando entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente y se dobló sobre aquél. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó pero en seguida lo dejó caer y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

—¿Qué hay? —murmuró con voz ronca.

—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón sin duda había impedido al principio su desarrollo; pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia. Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

Decálogo del perfecto cuentista, Horacio Quiroga

I. Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo.

II. Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III. Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV. Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V. No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI. Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII. No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII. Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX. No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

X. No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

Gabriel García Márquez, ¿Todo cuento es un cuento chino?

Escribir una novela es pegar ladrillos. Escribir un cuento es vaciar en concreto. No sé de quién es esa frase certera. La he escuchado y repetido desde hace tanto tiempo sin que nadie la reclame, que a lo mejor termino creyendo que es mía. Hay otra comparación que es pariente pobre de la anterior: el cuento es una flecha en el centro del blanco y la novela es cazar conejos. En todo caso esta pregunta del lector ofrece una buena ocasión para dar vueltas una vez más, como siempre, sobre las diferencias de dos géneros literarios distintos y sin embargo confundibles. Una razón de eso puede ser el despiste de atribuirle las diferencias a la longitud del texto, con distinciones de géneros entre cuento corto y cuento largo. La diferencia es válida entre un cuento y otro, pero no entre cuento y novela.

El cuento más corto que conozco es del guatemalteco Augusto Monterroso, reciente premio Príncipe de Asturias. Dice así: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Nada más. Hay otro de Las mil y una noches, cuyo texto no tengo a la mano, y que me produce retortijones de envidia. Es el cuento de un pescador que le pide prestado un plomo para su red a la mujer de otro pescador, con la promesa de regalarle a cambio el primer pescado que saque, y cuando ella lo recibe y lo abre para freírlo le encuentra en el estómago un diamante del tamaño de una almendra. 


Más que el cuento mismo, alucinante por su sencillez, éste me interesa ahora porque plantea otro de los misterios del género: si la que presta el plomo no fuera una mujer sino otro hombre, el cuento perdería su encanto: no existiría. ¿Por qué? ¡Quién sabe! Un misterio más de un género misterioso por excelencia.
Las Novelas ejemplares de Cervantes son de veras ejemplares, pero algunas no son novelas. En cambio Joseph Conrad escribió Los duelistas, un cuento también ejemplar con más de ciento veinte páginas, que suele confundirse con una novela por su longitud. El director Ridley Scott lo convirtió en una película excelente sin alterar su identidad de cuento. Lo tonto a estas alturas sería preguntarnos si a Conrad le habría importado un pito que lo confundieran.


La intensidad y la unidad interna son esenciales en un cuento y no tanto en la novela, que por fortuna tiene otros recursos para convencer. Por lo mismo, cuando uno acaba de leer un cuento puede imaginarse lo que se le ocurra del antes y el después, y todo eso seguirá siendo parte de la materia y la magia de lo que leyó. La novela, en cambio, debe llevar todo dentro. Podría decirse, sin tirar la toalla, que la diferencia en última instancia podría ser tan subjetiva como tantas bellezas de la vida real.


Buenos ejemplos de cuentos compactos e intensos son dos joyas del género: "La pata de mono", de W.W. Jacobs, y "El hombre en la calle", de Georges Simenon. El cuento policíaco, en su mundo aparte, sobrevive sin ser invitado porque la mayoría de sus adictos se interesan más en la trama que en el misterio. Salvo en el muy antiguo y nunca superado Edipo rey, de Sófocles, un drama griego que tiene la unidad y la tensión de un cuento, en el cual el detective descubre que él mismo es el asesino de su padre.


El cuento parece ser el género natural de la humanidad por su incorporación espontánea a la vida cotidiana. Tal vez lo inventó sin saberlo el primer hombre de las cavernas que salió a cazar una tarde y no regresó hasta el día siguiente con la excusa de haber librado un combate a muerte con una fiera enloquecida por el hambre. En cambio, lo que hizo su mujer cuando se dio cuenta de que el heroísmo de su hombre no era más que un cuento chino pudo ser la primera y quizás la novela más larga del siglo de piedra.


No sé qué decir sobre la suposición de que el cuento sea una pausa de refresco entre dos novelas, pero podría ser una especulación teórica que nada tiene que ver con mis experiencias de escritor. Tanteando en las tinieblas me atrevería a pensar que no son pocos los escritores que han intentado los dos géneros al mismo tiempo y no muchas veces con la misma fortuna en ambos. Es el caso de William Somerset Maugham, cuyas obras -como las de Hemingway- son más conocidas por el cine. Entre sus cuentos numerosos no se puede olvidar "P&O" -siglas de la compañía de navegación Pacific and Orient- que es el drama terrible y patético de un rico colono inglés que muere de un hipo implacable en mitad del océano Índico.


Ernest Hemingway es un caso similar. Tan conocido por el cine como por sus libros, podría quedarse en la historia de la literatura sólo por algunos cuentos magistrales. Estudiando su vida se piensa que su vocación y su talento verdaderos fueron para el cuento corto. Los mejores, para mi gusto, no son los más apreciados ni los más largos. Al contrario, dos de ellos son de los más cortos -"Un canario para regalo" y "Un gato bajo la lluvia"-, y el tercero, largo y consagratorio, "La breve vida feliz de Francis Macomber".


Sobre la otra suposición de que el cuento puede ser un género de práctica para emprender una novela, confieso que lo hice y no me fue mal para aprender a escribir El otoño del patriarca. Tenía la mente atascada en la fórmula tradicional de Cien años de soledad, en la que había trabajado sin levantar cabeza durante dos años. Todo lo que trataba de escribir me salía igual y no lograba evolucionar para un libro distinto. Sin embargo, el mundo del dictador eterno, resuelto y escrito con el estilo juicioso de los libros anteriores, habrían sido no menos de dos mil páginas de rollos indigestos e inútiles. Así que decidí buscar a cualquier riesgo una prosa comprimida que me sacara de la trampa académica para invitar al lector a una aventura nueva.


Creí haber encontrado la solución a través de una serie de apuntes e ideas de cuentos aplazados, que sometí sin el menor pudor a toda clase de arbitrariedades formales hasta encontrar la que buscaba para el nuevo libro. Son cuentos experimentales que trabajé más de un año y se publicaron después con vida propia en el libro de La cándida Eréndira: "Blacamán el bueno vendedor de milagros", "El último viaje del buque fantasma", que es una sola frase sin más puntuación que las mínimas comas para respirar, y otros que no pasaron el examen y duermen el sueño de los justos en el cajón de la basura. Así encontré el embrión de El otoño..., que es una ensalada rusa de experimentos copiados de otros escritores malos o buenos del siglo pasado. Frases que habrían exigido decenas de páginas están resueltas en dos o tres para decir lo mismo, saltando matones, mediante la violación consciente de los códigos parsimoniosos y la gramática dictatorial de las academias.


El libro, de salida, fue un desastre comercial. Muchos lectores fieles de Cien años... se sintieron defraudados y pretendían que el librero les devolviera la plata. Para colmo de peras en el olmo la edición española se desbarataba en las manos por un defecto de fábrica, y un amigo me consoló con un buen chiste: "Leí el otoño hoja por hoja". Muchos persistieron en la lectura, otros la lograron a medias y con el tiempo quedaron suficientes cautivos para que no me diera pena seguir en el oficio. Hoy es mi libro más escudriñado en universidades de diversos países, y las nuevas generaciones pueden leerlo como si fuera el crepúsculo de un Tarzán de doscientos años. Si alguien protesta y lo tira por la ventana es porque no le gusta pero no porque no lo entienda. Y a veces, por fortuna, no ha faltado alguien que lo recoja del suelo.

La elegancia china de Chen Yifei

Chen Yifei (1945-2005) fue una figura esencial en el desarrollo de la pintura china al óleo. Además de pintor también fue director de cine y se dedicó al diseño. Su marca de identidad son las mujeres melancólicas y solitarias en vestidos tradicionales, una perfecta fusión del romanticismo y el realismo.






Gloomy sunday


La primera vez que escuché Gloomy Sunday en la versión de Billie Holiday no sabía que se trataba de una canción prohibida. En una ignorancia idéntica a la mía en cuanto a sus efectos perversos, el húngaro Rezsö Seress la compuso bajo el nombre original de  Szomorú Vasárnap en 1933. Pretendía ser un homenaje a una antigua novia suya que se había suicidado. En su traducción al inglés la letra dice:
    Gloomy Sunday with a hundred white flowers
    I was waiting for you my dearest with a prayer
    A Sunday morning, chasing after my dreams
    The carriage of my sorrow returned to me without you
    It is since then that my Sundays have been forever sad
    Tears my only drink, the sorrow my bread...

    Gloomy Sunday
    This last Sunday, my darling please come to me
    There'll be a priest, a coffin, a catafalque and a winding-sheet
    There'll be flowers for you, flowers and a coffin
    Under the blossoming trees it will be my last journey
    My eyes will be open, so that I could see you for a last time
    Don't be afraid of my eyes, I'm blessing you even in my death...
    The last Sunday.
El lado oscuro de la canción radica en que aparentemente en la década de los treinta del pasado siglo este Domingo sombrío animó a una enorme cantidad de personas a quitarse la vida. También el propio compositor sucumbió al influjo de la canción en 1968 cuando se reunió con su musa arrojándose desde lo alto de un edificio en Budapest. Al pobre hombre le pudo la responsabilidad de haber alentado una oleada de suicidios con su música.

Viendo las cosas desde la distancia del tiempo transcurrido, es más probable que la Gran Depresión diese el empujoncito fatal a que lo hiciera Gloomy sunday (siempre es más fácil cubrir la realidad con un velo). En cualquier caso, la leyenda negra de la canción se tomó entonces muy en serio y fue prohibida en Europa en 1936. Incluso la versión de 1941 grabada por Billie Holiday fue vetada por las emisoras norteamericanas.

Para quien tema por su seguridad, no sé cuántas veces habré disfrutado de la elegante melancolía de Gloomy sunday sin sentir el menor impulso suicida. Al contrario, la voz de Billie Holiday es un bálsamo que ahuyenta la pena y alivia todos los males.

Edward S. Curtis y el alma india

Edward. S. Curtis escribió al antropólogo George Bird Grinnell:

"Es un sueño tan grande que no puedo verlo todo".

Pero cualquiera puede apreciar en sus retratos los infinitos matices de la cultura india norteamericana. Sus fotografías de principios del siglo XX proyectan la perspectiva de un hombre blanco que fue aceptado como un miembro más de la tribu. En los ojos de sus modelos se refleja un fotógrafo cuya mirada única supo estar a la vez dentro y fuera de la vida de los otros.

El presidente Theodore Roosevelt escribió en el prólogo de la obra de Curtis, "El indio norteamericano":

"En el señor Curtis tenemos tanto a un artista como a un observador experimentado, cuyas imágenes son imágenes, no simplemente fotografías; cuyo trabajo va más allá de la mera precisión, porque es la verdad...".
















Kothbiro


Koth Biro

Aaaah haye haye haye haye haye haye
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Oooh mam' uwinja
Koth biro
Keluru dhok e dala
Oooh mam' uwinja
Koth biro
Keluru dhok e dala
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Oooh mam' uwinja
Koth biro
Keluru dhok e dala
Oooh mam' uwinja
Koth biro
Keluru dhok e dala
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Aaaah haye haye haye haye haye haye (Yaye nyithindogi un koro un utimoru nade? Koth biro keluru dhok e dala)
Aaaah haye haye haye haye haye haye (Yaye nyithindogi un koro un utimoru nade? Koth biro keluru dhok e dala)
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Oooh mam' (yaye nyithindogi) uwinja (un koro un utimoru nade?)
Koth biro, Keluru dhok e dala (koth biro keluru dhok e dala)
Oooh mam' (yaye nyithindogi) uwinja (un koro un utimoru nade?)
Koth biro, Keluru dhok e dala (koth biro keluru dhok e dala)
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Aaaah haye haye haye haye haye haye

Lea más en http://lyricstranslate.com/en/kothbiro-rain-coming.html#U6Cij6ZLWlWyjUgC.99

Así suena la nana Kothbiro en la voz del cantautor keniata Ayub Ogada. El título de la canción significa en el lenguaje luo "ya llega la lluvia" en referencia a la estación húmeda.
Ayub Ogada - Kothbiro  

"Ya llega la lluvia. Si puedes oírme, hijo mío, haz que regrese nuestro ganado a casa".

Koth Biro
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Oooh mam' uwinja
Koth biro
Keluru dhok e dala
Oooh mam' uwinja
Koth biro
Keluru dhok e dala
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Oooh mam' uwinja
Koth biro
Keluru dhok e dala
Oooh mam' uwinja
Koth biro
Keluru dhok e dala
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Aaaah haye haye haye haye haye haye (Yaye nyithindogi un koro un utimoru nade? Koth biro keluru dhok e dala)
Aaaah haye haye haye haye haye haye (Yaye nyithindogi un koro un utimoru nade? Koth biro keluru dhok e dala)
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Oooh mam' (yaye nyithindogi) uwinja (un koro un utimoru nade?)
Koth biro, Keluru dhok e dala (koth biro keluru dhok e dala)
Oooh mam' (yaye nyithindogi) uwinja (un koro un utimoru nade?)
Koth biro, Keluru dhok e dala (koth biro keluru dhok e dala)
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Aaaah haye haye haye haye haye haye

o

Aaaah haye haye haye haye haye haye
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Oooh mam' uwinja
Koth biro
Keluru dhok e dala
Oooh mam' uwinja
Koth biro
Keluru dhok e dala
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Oooh mam' uwinja
Koth biro
Keluru dhok e dala
Oooh mam' uwinja
Koth biro
Keluru dhok e dala
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Aaaah haye haye haye haye haye haye (Yaye nyithindogi un koro un utimoru nade? Koth biro keluru dhok e dala)
Aaaah haye haye haye haye haye haye (Yaye nyithindogi un koro un utimoru nade? Koth biro keluru dhok e dala)
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Oooh mam' (yaye nyithindogi) uwinja (un koro un utimoru nade?)
Koth biro, Keluru dhok e dala (koth biro keluru dhok e dala)
Oooh mam' (yaye nyithindogi) uwinja (un koro un utimoru nade?)
Koth biro, Keluru dhok e dala (koth biro keluru dhok e dala)
Aaaah haye haye haye haye haye haye
Aaaah haye haye haye haye haye haye
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Consejos sobre el arte de escribir cuentos, Roberto Bolaño

“Me conmueven los jóvenes de hierro que leen a Cortázar y a Parra, tal como los leí yo y como intento seguir leyéndolos. Me conmueven los jóvenes que se duermen con un libro debajo de la cabeza. Un libro es la mejor almohada que existe”.

Como ya tengo 44 años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos.

1) Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.

2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.

3) Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.

4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.

5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.

6) Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.

7) Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!

8) Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.


9) La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.

10) Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.

11) Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Pseudo-Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.

12) Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.

La armonía de Lukasiewicz

"Entre lo aproximado de la imagen y la precisión de la realidad quedaba la pequeña rendija de lo inimaginable que le intranquilizaba. 
Además, la persecución de lo inimaginable no termina con el descubrimiento de la desnudez, sino que continúa más allá: ¿cómo se comportará cuando la desnude?, ¿qué dirá cuando le haga el amor?, ¿en qué tonos sonarán sus suspiros?, ¿qué muecas tendrá grabadas en la cara en el momento del placer?"
Milan Kundera, La insoportable levedad del ser.

Michal Lukasiewicz nació en 1974 en Pulawy, Polonia y desde 1995 vive y trabaja en Amberes, Bélgica.

"Mis pinturas versan sobre las formas humanas, la suave ternura que se puede transmitir al espectador, nunca la ira de este mundo, sino la paz y la armonía de la que los seres humanos son capaces. Trato de mostrar el lado apacible del sujeto usando el reflejo de la luz y las sombras para acentuar la forma y las curvas. Nunca uso el color, sino la sutileza del tono para lograr esos efectos. Trato de lograr la suavidad de la piel y el cuerpo por lo que las pinceladas son visibles por el espectador".












Summertime

El compositor estadounidense George Gershwin nació en Brooklyn, Nueva York, el 26 de septiembre de 1898 bajo el nombre de Jacob Gershovitz. Gershwin fue capaz de conquistar tanto su propia tierra como la extranjera con una síntesis del jazz y el espiritual con la tradición sinfónica clásica. La culminación de su carrera llegó en 1935 con la ópera Porgy&Bess, que representa la vida de una comunidad negra en el sur de Estados Unidos.

Summertime es una nana extraída de esta composición, con letra de DuBose Heyward, Dorothy Heyward e Ira Gershwin. La canción se interpreta varias veces a lo largo de la ópera Porgy&Bess. La primera vez, por Clara en el acto I, como una canción de cuna, mientras arrulla a su bebé. Poco después, es nuevamente interpretada por Clara como contrapunto a la escena del juego de dados en el acto II. Finalmente, en el acto III, es interpretada por Bess, cantándole al bebé de Clara.
Fue grabada por primera vez por Abbie Mitchell el 19 de julio de 1935, con George Gershwin tocando el piano y dirigiendo la orquesta.

Existen unas 38.000  versiones diferentes registradas de Summertime. A continuación pueden escuchar la de Ella Fitzgerald y Louis Amstrong, parte de la edición discográfica de la ópera Porgy&Bess de 1957.

El baño turco, Ingres

El baño Turco de Jean Auguste Dominique Ingres, Le Bain Turc, 1862, Museo del Louvre, París.





«El verdadero descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en cambiar la mirada.»
Marcel Proust

Este homenaje erótico a oriente es una obra tardía del gran pintor neoclásico Jean Auguste Dominique Ingres (29 de agosto de 1780, Montauban – 14 enero de 1867, Paris). Le Figaro lo eligió como el cuadro más sensual del siglo XIX. A los 82 años, Ingres creó esta escena de harén que combina la figura del desnudo con una decoración oriental. Su inspiración fueron las cartas de Lady Montague (1690-1760), que narra una visita a los baños de mujeres en Estambul en el siglo XVIII.

El baño turco pudo ser un encargo del príncipe Napoleón III (según la página web del Museo del Louvre), quien poco después de adquirirlo se lo devolvió al pintor, porque su mujer (la emperatriz Eugenia) la encontraba «poco conveniente». En 1865 la adquirió Halil Şerif Pacha, llamado Khalil Bey, un diplomático turco que vivía en París, incorporándolo a su colección de cuadros eróticos, entre los que se hallaba El origen del mundo, de Gustave Courbet. A finales del siglo XIX unos mecenas quisieron regalar El baño turco al Museo del Louvre, pero el consejo del museo lo rechazó en dos ocasiones. Sólo se exhibió al público en 1905, con ocasión de la retrospectiva de Ingres en el Salón de Otoño, donde entusiasmó a pintores de vanguardia como Picasso. El Louvre lo aceptó en sus colecciones en 1911.