A INTERVALOS

Cuando escribo

Premio Nacional de Ilustración 2012

Andrés Rábago (Madrid, 1947), alias "El Roto" y "Ops", ha sido galardonado con el Premio Nacional de Ilustración 2012 otorgado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. El Jurado ha destacado “su visión crítica, poética, aguda e inteligente que nos ayuda a reflexionar sobre cómo somos y cómo vivimos”. Con una clara función social, sus viñetas combinan texto e imágenes en un sentido crítico que golpea directamente la conciencia. Su obra huye de la caricatura y con la profundidad de inserta en sus dibujos entra de lleno en el campo de la "sátira social", como el propio autor ha definido su obra.


El ilustrador, de formación autodidacta, publica viñetas a diario en el periódico El País. En su dilatada trayectoria profesional ha publicado para medios como Hermano Lobo, La Codorniz, Ajoblanco, El Jueves, Tótem o Madriz. También ha sido colaborador de periódicos como Tiempo, El Periódico de Catalunya, El Cuervo o La Hoja del Lunes.

Hay muchas maneras de expresarse. ¿Por qué desde la sátira?
Cada uno tiene una voz particular, la mía no da para la ópera.
(cita de la entrevista a "El Roto" en Pandemia Fanzine nº2 – Esencia en marzo de 2011)







La jugadora de Go (Shan Sa)

“En la plaza de los Mil Vientos, los jugadores cubiertos de escarcha parecen muñecos de nieve. Un vapor blanco escapa de las narices y las bocas. Agujas de hielo, creciendo bajo el borde de sus tocas, apuntan al suelo. El cielo es de nácar, el sol, carmesí, cae, cae. ¿Dónde se halla la tumba del sol?”
(Así comienza “La jugadora de Go” en la voz de “la jugadora”)



El resumen de la contraportada de la edición de esta novela en castellano da a entender que estamos ante una narración histórica con tintes románticos. Nada más lejos de la realidad. Es cierto que el contexto en el que se desarrolla la trama es la guerra chino-japonesa, pero sería una imperdonable superficialidad concederle a este hecho la relevancia de ser el tema central del libro. 

"La jugadora de Go" es una novela introspectivacentrada en la visión de dos personajes desde mucho antes de su primer encuentro. El amor es un tema central en este libro que con dotes de gran realismo lo va hilvanando puntada a puntada. El enfoque huye de los sentimentalismos y, tal vez, por eso el final resulta demoledor

El estilo fluye con la elegancia de la pluma poética de Shan Sa. Las voces narrativas de los personajes se entrelazan a lo largo de los 92 capítulos de la obra, guardando respetuosamente su turno, como en el juego del Go. La guerra manchú-japonesa se refleja en la metáfora del juego del Go, y el propio Go es la metáfora de la relación entre los protagonistas. Los personajes están tan vivos y sus voces tan hábilmente diferenciadas que el lector ni siquiera percibe que no conoce el nombre de la joven jugadora de Go hasta la última página.


“La crueldad de nuestros militares bebe en las fuentes de la dureza de nuestra educación. Bofetadas, puñetazos, insultos son las cotidianas reprimendas reservadas a los niños. En el ejército, para cultivar la sumisión y la humildad, los oficiales golpean a los de inferior grado y a los soldados hasta que brota la sangre, o cortan sus mejillas con una regla de bambú afilada para ello”
(cita de “La jugadora de Go” en la voz del “soldado japonés”)

SINOPSIS:
La novela incluye dos historias entrelazadas. Los capítulos impares pertenecen a la jugadora de Go y los pares al soldado japonés.
LA HISTORIA DE LA JUGADORA: En el contexto del conflicto chino-japonés del primer tercio del siglo XX, una joven china procedente de una familia aristocrática pasa las tardes en la Plaza de los Mil Vientos jugando al Go. Su habilidad con el juego le permite una rara inserción en un mundo de hombres, lo que le permite cierta independencia con respecto a los adultos y una rebeldía patente en lo referente a acatar los mandatos sociales (se niega a casarse con su primo Lu). Es una niña de dieciséis años, pero empieza a convertirse en mujer a través de su relación con dos jóvenes algo mayores que ella: Min y Jing. La jugadora se ve abruptamente arrojada al mundo de los adultos cuando la crueldad de la invasión llega a la ciudad.
LA HISTORIA DEL SOLDADO: Un joven teniente japonés es destinado a Manchuria para combatir en la guerra. Lejos de su familia y debiendo guardar las oportunas formalidades en aras al honor, se siente solo. Busca compañía primero con una geisha y después con prostitutas, como es costumbre entre la soldadesca. Las iniquidades del ejército, las crueldades de los mandos para con los subalternos, las torturas y el sinsentido de la guerra le repugnan, pero hace lo que de él se espera y no expresa ninguno de sus temores. A su llegada a la ciudad es enviado como espía a la Plaza de los Mil Vientos, disfrazado de chino, para obtener información acerca de los rebeldes insurgentes que se ocultan en la ciudad.

EL GO: Es un juego de estrategia de origen chino que se expandió entre los siglos V y VII d.C. por Japón y Corea. Dos jugadores tratarán de dominar el territorio del rival acorralando sus piedras. A diferencia del ajedrez, los movimientos de las fichas son infinitos. 

El Go no es sólo el hilo conductor de la historia, sino también la forma en la que se encuentran los protagonistas, así como una metáfora de la guerra. En el juego mientras las negras conquistan en terreno de las blancas, cada vez se hace más patente que un entendimiento amistoso entre ambos bandos, un final feliz de la guerra, es imposible. Otra inteligente metáfora de la autora que habla de la construcción de “enemigos” a partir de la visión de supuestas diferencias y, al mismo tiempo, previene en contra de los prejuicios entre chinos y japoneses


LA AUTORA:
La variada trayectoria artística de Shan Sa la lleva desde la poesía a la narrativa para continuar en la pintura. Nació en 1972 en Beijing y a la edad de 7 años ya escribía poemas. En 1990, debido a los trágicos acontecimientos de la Plaza del Tian An Men, se vio forzada a trasladarse a Francia en compañía de su padre. Shan Sa Aprendió francés y continuó escribiendo novelas en su segunda lengua. En 1994 comenzó a trabajar en el taller del pintor Balthus. Su primera novela escrita en francés, “La paz de la puerta celeste”, recibió una excelente acogida. Sus novelas, poemas y ensayos han sido traducidos a más de 30 lenguas. Desde el año 2001, Shan Sa ha simultaneado su trabajo como escritora con el de pintora, exponiendo en importantes centro de París, Nueva York y Japón. 

Obras literarias:
  • 1983, Los Poemas de Yan Ni
  • 1988, Libélula roja, poemario
  • 1989, Nieve, poemario
  • 1990, Que vuelva la primavera, poemario
  • 1997, La porte de la paix céleste, La puerta de la paz celeste, su primera novela en lengua francesa, recibió la beca Goncourt en 1998
  • 1999, Les quatre vies du saule, Las cuatro vidas del sauce, novela (Premio Cazes en 1999)
  • 2000, Le Vent vif et le glaive rapide, El viento vivo y la brizna rápida, poesía
  • 2001, La joueuse de go, La jugadora de go, novela (Premio Goncourt des lycéens en 2001)
  • 2002, Le miroir du Calligraphe, El espejo del calígrafo, ensayo (pinturas y poesías)
  • 2003, Impératrice, Emperatriz, novela
  • 2006, Alexandre et Alestria (Alexander and Alestria)
  • 2010, La Cithare nue (Naked Zither)  

Premios: 
  • 1998: Prix Goncourt du Premier Roman por la obra Porte de la paix céleste (Gate of Celestial Peace).
  • 1999: Prix Cazes-Brasserie Lipp por la obra Les quatre vies du saule (The Four Lives of the Willow).
  • 2001:  Prix Goncourt des Lycéens (French Wikipedia).
  • 2004:  Kiriyama Prize for fiction for La Joueuse de Go (The Girl Who Played Go).
  • 2009 recibió del Ministerio de Cultura francés la Orden de Caballero de las Artes y las Letras
  • 2011 fue galardonada con la distinción de Caballero de la Orden Nacional del Mérito.

El dato escondido, Vargas Llosa

En relación con la técnica del iceberg de Hemingway, Mario Vargas Llosa expone minuciosamente los mecanismos del "dato escondido"...

En alguna parte, Ernest Hemingway cuenta que, en sus comienzos literarios, se le ocurrió de pronto, en una historia que estaba escribiendo, suprimir el hecho principal: que su protagonista se ahorcaba. Y dice que, de este modo, descubrió un recurso narrativo que utilizaría con frecuencia en sus futuros cuentos y novelas. En efecto, no sería exagerado decir que las mejores historias de Hemingway están llenas de silencios significativos, datos escamoteados por un astuto narrador que se las arregla para que las informaciones que calla sean sin embargo locuaces y azucen la imaginación del lector, de modo que éste tenga que llenar aquellos blancos de la historia con hipótesis y conjeturas de su propia cosecha. Llamemos a este procedimiento ‘el dato escondido’ y digamos rápidamente que, aunque Hemingway le dio un uso personal y múltiple (algunas veces, magistral), estuvo lejos de inventarlo, pues es una técnica vieja como la novela y que aparece en todas las historias clásicas.

Pero, es verdad que pocos autores modernos se sirvieron de él con la audacia con que lo hizo el autor de El viejo y el mar. ¿Recuerda usted ese cuento magistral, acaso el más célebre de Hemingway, llamado "Los asesinos"? Lo más importante de la historia es un gran signo de interrogación: ¿por qué quieren matar al sueco Ele Andreson ese par de forajidos que entran con fusiles de cañones recortados al pequeño restaurante Henry’s de esa localidad innominada? ¿Y por qué ese misterioso Ole Andreson, cuando el joven Nick Adams le previene que hay un par de asesinos buscándolo para acabar con él, rehúsa huir o dar parte a la policía y se resigna con fatalismo a su suerte? Nunca lo sabremos. Si queremos una respuesta para estas dos preguntas cruciales de la historia, tenemos que inventárnosla nosotros, los lectores, a partir de los escasos datos que el narrador omnisciente e impersonal nos proporciona: que, antes de avecindarse en el lugar, el sueco Ole Andreson parece haber sido boxeador, en Chicago, donde algo hizo (algo errado, dice él) que selló su suerte.

El ‘dato escondido’ o narrar por omisión no puede ser gratuito y arbitrario. Es preciso que el silencio del narrador sea significativo, que ejerza una influencia inequívoca sobre la parte explícita de la historia, que esa ausencia se haga sentir y active la curiosidad, la expectativa y la fantasía del lector.

Hemingway fue un eximio maestro en el uso de esta técnica narrativa, como se advierte en "Los asesinos", ejemplo de economía narrativa, texto que es como la punta de un iceberg, una pequeña prominencia visible que deja entrever en su brillantez relampagueante toda la compleja masa anecdótica sobre la que reposa y que ha sido birlada al lector. Narrar callando, mediante alusiones que convierten el escamoteo en expectativa y fuerzan al lector a intervenir activamente en la elaboración de la historia con conjeturas y suposiciones, es una de las más frecuentes maneras que tienen los narradores para hacer brotar vivencias en sus historias, es decir, dotarlas de poder de persuasión.

¿Recuerda usted el gran ‘dato escondido’ de la (a mi juicio) mejor novela de Hemingway, The sun also rises? Sí, esa misma: la importancia de Jake Barnes, el narrador de la novela. No está nunca explícitamente referida; ella va surgiendo -casi me atrevería a decir que el lector, espoleado por lo que lee, la va imponiendo al personaje- de un silencio comunicativo, esa extraña distancia física, la casta relación corporal que lo une a la bella Brett, mujer a la que transparentemente y que sin duda también lo ama y podría haberlo amado si no fuera por algún obstáculo o impedimento del que nunca tenemos información precisa. La impotencia de Jake Barnes es un silencio extraordinariamente explícito, una ausencia que se va haciendo muy llamativa a medida que el lector se sorprende con el comportamiento inusitado y contradictorio de Jake Barnes para con Brett, hasta que la única manera de explicárselo es descubriendo (¿inventando?) su importancia. Aunque silenciado, o, tal vez, precisamente por la manera en que lo está, ese ‘dato escondido’ baña la historia de The sun also rises con una luz muy particular.

La celosía, de Robbe-Grillet (La Jalousie, en francés) es otra novela donde un ingrediente esencial de la historia –nada menos que el personaje central – ha sido exiliado de la narración, pero de tal modo que su ausencia se proyecta en ella de manera que se hace sentir a cada instante. Como en casi todas las novelas de Robbe-Grillet, en La Jalousie no hay propiamente una historia, no por lo menos como se entendía a la manera tradicional –un argumento con principio, desarrollo y conclusión-, sino, más bien, los indicios o síntomas de una historia que desconocemos y que estamos obligados a reconstruir como los arqueólogos reconstruyen los palacios babilónicos a partir de un puñado de piedras enterradas por los siglos, o los zoológicos reedifican a los dinosaurios y pterodáctilos de la prehistoria valiéndose de una clavícula o un metacarpo. De manera que podemos decir que las novelas de Robbe-Grillet están todas concebidas a partir de ‘datos escondidos’.

Ahora bien, en La Jalousie este procedimiento es particularmente funcional, pues, para que lo que en ella se encuentra tenga sentido, es imprescindible que esa ausencia, ese ser abolido, se haga presente, tome forma en la conciencia del lector. ¿Quién es ese ser invisible? Un marido celoso, como lo sugiere el título del libro con su ambivalente significado (jalousie es celosía, una ventana enrejada, pero también los celos), alguien que, poseído por el demonio de la desconfianza, espía minuciosamente todos los movimientos de la mujer a la que cela sin ser advertido por ella. Esto no lo sabe con certeza el lector; lo deduce o inventa inducido por la naturaleza de la descripción, que es la de una mirada obsesiva, enfermiza, dedicada al escrutinio detallado, enloquecido, de los más ínfimos desplazamientos, gestos e iniciativas de la esposa. ¿Quién es el matemático observador? ¿Por qué somete a esa mujer a este asedio visual? Esos ‘datos escondidos’ no tienen respuesta dentro del discurso novelesco y el propio lector debe esclarecerlos a partir de las pocas pistas que la novela le ofrece. A esos ‘datos escondidos’ definitivos, abolidos para siempre de una novela, podemos llamarlos elípticos, para diferenciarlos de los que sólo han sido temporalmente ocultados al lector, desplazados en la cronología novelesca para crear expectativa, suspenso, como ocurre en las novelas policiales, donde sólo al final se descubre al asesino. A esos ‘datos escondidos’ sólo momentáneos -descolocados- podemos llamarlos ‘datos escondidos en hipérbaton’, figura poética que, como usted recordará, consiste en descolocar una palabra en el verso por razones de eufonía o rima ("Era del año la estación florida..." en vez del orden regular: "Era la estación florida del año...").

Quizás el ‘dato escondido’ más notable en una novela moderna sea el que tiene lugar en la tremebunda Santuario (Sanctuary), de Faulkner, donde el cráter de la historia -la desfloración de la juvenil y frívola Temple Drake, por Popeye, un gángster impotente y psicópata, valiéndose de una mazorca de maíz- está desplazado y disuelto en hilachas de información que permiten al lector, poco a poco y retroactivamente, tomar conciencia del horrendo suceso. De este ominoso, abominable silencio, irradia la atmósfera en que transcurre Santuario: una atmósfera de salvajismo, represión sexual, miedo, prejuicio y primitivismo que da a Jefferson, Memphis y los otros escenarios de la historia, un carácter simbólico, de mundo del ‘mal’, de la perdición y caída del hombre, en el sentido bíblico del término. Más que una transgresión de las leyes humanas, la sensación que tenemos ante los horrores de esta novela -la violación de Temple es apenas uno de ellos; hay, además, un ahorcamiento, un linchamiento por fuego, varios asesinatos y un variado abanico de degradaciones morales- es la de una victoria de los poderes infernales, de una derrota del bien por un espíritu de perdición, que ha logrado enseñorearse de la tierra. Todo Santuario está armado con ‘datos escondidos’. Además de la violación de Temple Drake, hechos tan importantes como el asesinato de Tommy y de Red o la impotencia de Popeye son, primero, silencios, omisiones que sólo retroactivamente se van revelando al lector, quien, de este modo, gracias a esos ‘datos escondidos en hipérbaton’ va comprendiendo cabalmente lo sucedido y estableciendo la cronología real de los sucesos. No sólo en ésta, en todas sus historias, Faulkner fue también consumado maestro en el uso del ‘dato escondido’.

Quisiera ahora, para terminar con un último ejemplo de ‘dato escondido’, dar un salto atrás de quinientos años, hasta una de las mejores novelas de caballerías medievales, el Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell, una de mis novelas de cabecera. En ella el ‘dato escondido’ -en sus dos modalidades: como hipérbaton o como elipsis- es utilizado con la destreza de los mejores novelistas modernos. Veamos cómo está estructurada la materia narrativa de uno de los cráteres activos de la novela: las bodas sordas que celebran Tirant y Carmesina y Diafebus y Estefanía (episodio que abarca desde mediados del capítulo CLXII hasta mediados del CLXIII). Este es el contenido del episodio. Carmesina y Estefanía introducen a Tirant y Diafebus en una cámara del palacio. Allí, sin saber que Plaerdemavida los espía por el ojo de la cerradura, las dos parejas pasan la noche entregadas a juegos amorosos, benignos en el caso de Tirant y Cermesina, radicales en el de Diafebus y Estefanía. Los amantes se separan al alba y, horas más tarde, Plaerdemavida revela a Estefanía y Carmesina que ha sido testigo ocular de las bodas sordas.

En la novela esta secuencia no aparece en el orden cronológico ‘real’, sino de manera discontinua, mediante ‘mudas’ temporales y un ‘dato escondido’ en hipérbaton, gracias a lo cual el episodio se enriquece extraordinariamente de vivencias. El relato refiere los preliminares, la decisión de Carmesina y Estefanía de introducir a Tirant y Diafebus en la cámara y se explica cómo Carmesina, maliciando que iba a haber "celebración de bodas sordas", simula dormir. El narrador impersonal y omnisciente prosigue, dentro del orden ‘real’ de la cronología, mostrando el deslumbramiento de Tirant cuando ve a la bella princesa y cómo cae de rodillas y le besa las manos. Aquí se produce la primera ‘muda temporal’ o ruptura de la cronología: "Y cambiaron muchas amorosas razones. Cuando les pareció que era hora de irse, se separaron uno del otro y regresaron a su cuarto". El relato da un salto al futuro, dejando en ese hiato, en ese abismo de silencio, una sabia interrogación: "¿Quién pudo dormir esa noche, unos por amor, otros por dolor?" La narración conduce luego al lector a la mañana siguiente.

Plaerdemavida se levanta, entra a la cámara de la princesa Carmesina y encuentra a Estefanía "toda llena de déjame estar". ¿Qué ocurrió? ¿Por qué ese abandono voluptuoso de Estefanía? Las insinuaciones, preguntas, burlas y picardías de la deliciosa Plaerdemavida van dirigidas, en verdad, al lector, cuya curiosidad y malicia atizan. Y, por fin, luego de este largo y astuto preámbulo, la bella Plaerdemavida revela que la noche anterior ha tenido un sueño, en el que vio a Estefanía introduciendo a Tirant y Diafebus en la cámara. Aquí se produce la segunda ‘muda temporal’ o salto cronológico en el episodio. Este retrocede a la víspera y, a través del supuesto sueño de Plaerdemavida, el lector descubre lo ocurrido en el curso de las bodas sordas. El dato escondido sale a la luz, restaurando la integridad del episodio.

¿La integridad cabal? No del todo. Pues, además de esta ‘muda temporal’, como usted habrá observado, se ha producido también una 'muda espacial’, un cambio de punto de vista espacial, pues quien narra lo que sucede en las bodas sordas ya no es el narrador impersonal y excéntrico del principio, sino Plaerdemavida, un narrador-personaje, que no aspira a dar un testimonio objetivo sino cargado de subjetividad (sus comentarios jocosos, desenfadados, no sólo subjetivizan el episodio; sobre todo, lo descargan de la violencia que tendría narrada de otro modo la desfloración de Estefanía por Diafebus). Esta muda doble -temporal y espacial- introduce pues una ‘caja china’ en el episodio de las bodas sordas, es decir una narración autónoma (la de Plaerdemavida) contenida dentro de la narración general del narrador-omnisciente. (Entre paréntesis, diré que Tirant lo Blanc utiliza muchas veces también el procedimiento de las ‘cajas chinas’ o ‘muñecas rusas’. Las proezas de Tirant a lo largo del año y un día que duran las fiestas en la corte de Inglaterra no son reveladas al lector por el narrador-omnisciente, sino a través del relato que hace Diafebus al Conde de Varoic; la toma de Rodas por los genoveses transparece a través de un relato que hacen a Tirant y al Duque de Bretaña dos caballeros de la corte de Francia, y la aventura del mercader Gaubedi surge de una historia que Tirant cuenta a la Viuda Reposada.) De este modo, pues, con el examen de un solo episodio de este libro clásico, comprobamos que los recursos y procedimientos que muchas veces parecen invenciones modernas por el uso vistoso que hacen de ellos los escritores contemporáneos, en verdad forman parte del acervo novelesco, pues los usaban ya con desenvoltura los narradores clásicos. Lo que los modernos han hecho, en la mayoría de los casos, es pulir, refinar o experimentar con nuevas posibilidades implícitas en unos sistemas de narrar que surgieron a menudo con las más antiguas manifestaciones escritas de la ficción.

Quizás valdría la pena, antes de terminar esta carta, hacer una reflexión general, válida para todas las novelas, respecto a una característica innata del género de la cual se deriva el procedimiento del ‘dato escondido’, la parte escrita de toda novela es sólo una sección o fragmento de la historia que cuenta: ésta, desarrollada a cabalidad, con la acumulación de todos sus ingredientes sin excepción -pensamientos, gestos, objetos, coordenadas culturales, materiales históricos, psicológicos, ideológicos, etcétera, que presupone y contiene la historia total- abarca un material infinitamente más amplio que el explícito en el texto y que novelista alguno, ni aun el más profuso y caudaloso y con menos sentido de la economía narrativa, estaría en condiciones de explayar en su texto.

Para subrayar este carácter inevitablemente parcial de todo discurso narrativo, el novelista Claude Simon -quien de este modo quería ridiculizar las pretensiones de la literatura ‘realista’ de reproducir la realidad- se valía de un ejemplo: la descripción de una cajetilla de cigarrillos Gitanes. ¿Qué elementos debía incluir aquella descripción para ser realista?, se preguntaba. El tamaño, color, contenido, inscripciones, materiales de que esa envoltura consta, desde luego. ¿Sería eso suficiente? En un sentido totalizador, de ninguna manera. Había falta, también, para no dejar ningún dato importante fuera, que la descripción incluyera asimismo un minucioso informe sobre los procesos industriales que están detrás de la confección de ese paquete y de los cigarrillos que contiene, y, por qué no, de los sistemas de distribución y comercialización que los trasladan de productor hasta el consumidor. ¿Se habría agotado de este modo la descripción total de la cajetilla de Gitanes? Por supuesto que no. El consumo de cigarrillos no es un hecho aislado, resulta de la evolución de las costumbres y la implantación de las modas, está entrañablemente conectado con la historia social, las mitologías, las políticas, los modos de vida de la sociedad; y, de otro lado, se trata de una práctica -hábito o vicio- sobre la que la publicidad y la vida económica ejercen una influencia decisiva, y que tiene unos efectos determinados sobre la salud del fumador.

De donde no es difícil concluir, por este camino de la demostración llevada a extremos absurdos, que la descripción de cualquier objeto, aun el más insignificante, alargada con un sentido totalizador, conduce pura y simplemente a esa pretensión utópica: la descripción del universo.

De las ficciones, podría decirse, sin duda, una cosa parecida. Que si un novelista a la hora de contar una historia, no se impone ciertos límites (es decir, si no se resigna a esconder ciertos datos), la historia que cuenta no tendría principio ni fin, de alguna manera llegaría a conectarse con todas las historias, ser aquella quimérica totalidad, el infinito universo imaginario donde coexisten visceralmente emparentadas todas las ficciones.

Ahora bien. Si se acepta este supuesto, que una novela -o, mejor, una ficción escrita- es sólo un segmento de la historia total, de la que el novelista se ve fatalmente obligado a eliminar innumerables datos por ser superfluos, prescindibles y por estar implicados en los que sí hace explícitos, hay de todas maneras que diferenciar aquellos datos excluidos por obvios o inútiles, de los ‘datos escondidos’ a que me refiero en esta carta. En efecto, mis ‘datos escondidos’ no son obvios ni inútiles. Por el contrario, tienen funcionalidad, desempeñan un papel en la trama narrativa, y es por eso que su abolición o desplazamiento tienen efectos en la historia, provocando reverberaciones en la anécdota o los puntos de vista.

Finalmente, me gustaría repetirle una comparación que hice alguna vez comentando Santuario de Faulkner. Digamos que la historia completa de una novela (aquella hecha de datos consignados y omitidos) es un cubo. Y que, cada novela particular, una vez eliminados de ella los datos superfluos y los omitidos deliberadamente para obtener un determinado efecto, desprendida de ese cubo adopta una forma determinada: ese objeto, esa escultura, reflejan la originalidad del novelista. Su forma ha sido esculpida gracias a la ayuda de distintos instrumentos, pero no hay duda de que uno de los más usados y valiosos para esta tarea de eliminar ingredientes hasta que se delinea la bella y persuasiva figura que queremos, es la del ‘dato escondido’ (si no tiene usted un nombre más bonito que darle a este procedimiento).